Hola. Soy músico. Toco el piano y canto para ganarme la vida. También doy clases. Fui a una universidad de música muy buena y terminé con muy buenas notas. He podido defenderme en el campo durante los últimos 30 años. Un par de CDs, algunas giras a otros países con mi grupo o artistas reconocidos, no me quejo. Tengo casa, una mujer y una hija maravillosas y una buena vida en España, donde vivo desde ya hace casi 30 años. He tenido la suerte de haber tocado en decenas de países, en algunos en eventos bastante importantes, en otros yo solo y mi pianito. He aparecido en algunos periódicos, incluso con fotos, y creo recordar que en una revista también. Nada de televisión sin embargo, excepto como figurante para otros grupos.
Con todo ese bagaje, soy consciente de que los mejores momentos en mi vida, musical o no, siempre han sido los contactos que he mantenido con las muchas personas con las que he interactuado en cualquier lugar del mundo.
De todos modos, mi vida durante los últimos 35 años ha sido una especie de máquina de pinball, con muchas coincidencias extraordinarias actuando como “flippers”, que me hicieron rebotar de un evento asombroso a otro. Sucesos que me obligaron a pensar en el gran esquema de las cosas. Una serie de giros del destino que cambiaron mi vida y moldearon mis actitudes, filosofía y visión del mundo, y que me permitieron tener profundas relaciones humanas, en ocasiones muy efímeras. Relaciones humanas que considero importantes y gratificantes, por breves que sean.
Después de graduarme en la universidad en Boston en 1980, sabía que tenía que salir de esa ciudad, tan llena de grandes músicos y de profesores, todos compitiendo por trabajar. Durante el último año me invitaron durante un mes a las Bermudas, a casa de un amigo. Como es una isla pequeña llena de turismo y tenía buenos contactos, durante mi estancia en esa isla participé en todas las jams y toqué en algunos hoteles y en varias fiestas. Resumiendo, llegué a conocer todos los rincones de esa comunidad musical tan próspera, e hice muchos amigos. El mes se acabó y me encontré de vuelta en Boston, tocando con mi sexteto de swing en dos piano-bar, dando clases, y viviendo una cómoda relación con una mujer con quien compartía una casa en las afueras de Boston. Un día, fui a la universidad para hacer algunos papeleos, y por casualidad, me topé en los pasillos con un viejo compañero de estudios. Era John, de Bermudas, un gran pianista. Una coincidencia que cambiaría mi vida radicalmente.
John sabía que había estado en su país, y me contó que él estaba intentando quedarse en los Estados Unidos para trabajar y establecerse. Me dijo que tenía una oferta muy buena en Bermudas para un pianista, en un hotel al lado de la playa: 25,000 dólares al año, 2 horas por noche y con casa incluida. Apunté los nombres y números de teléfono (algunos de los cuales eran de personas que había conocido durante mi mes en Bermudas), y después de recibir noticias alentadoras, empecé a preparar mi viaje, mi futuro como un músico profesional en el extranjero. Estaba muy emocionado. Para acortar un poco esta larga historia y resumiendo: en el espacio de dos semanas logré deshacer mi exitoso sexteto de swing, me despedí de los dos piano-bar, me despedí de todos mis alumnos, vendí mi coche, compré el billete de avión, empecé el papeleo para la oficina de inmigración (que incluyó una radiografía torácica), compré un traje negro, rompí, por lo menos a nivel psicológico, con mi chica, guardé todas mis pertenencias en el sótano de un amigo y volví a la casa de mis padres en el Bronx, después de 11 años independizado. Y entonces esperé con ansiedad esa llamada de Bermudas, que tardó bastante en llegar.
Empezaba a dudar, y un día, desde un McDonald´s en Manhattan en el que estaba con un amigo pianista de Israel, decidí llamar a Bermudas con un montón de monedas. ¿Y quién contestó el teléfono? El mismo John que me había enviado a esta aventura del tipo “salir de Boston al precio que sea”. John no había podido conseguir el visado de trabajo en Estados Unidos y se había visto obligado a volver a su país y a aceptar el fabuloso trabajo. Casi vomité mi hamburguesa. Un par de días después, en la habitación donde había crecido, bastante deprimido y preguntándome qué diablos debía hacer con mi vida, recibí una carta de un viejo amigo en Alemania, alguien a quien había conocido en India hacía 7 años y con quien solía cartearme a menudo. No dudé mucho en aceptar su oferta de ir a Alemania. Él tenía tiempo libre y coche y pensaba hacer algo de camping y viajar por el norte de Europa. Cambié mi maleta por una mochila, mi traje por unos vaqueros, y con mi Real Book y una melódica aterricé en Frankfurt unos días más tarde. Mi padre me dijo que tardaría 6 meses en volver y ya llevo 30 años. Durante las semanas siguientes viajé al azar por todo el norte de Europa, tocando el piano en cafés y la melódica en las calles y metros, pasando la gorra, y con bastante éxito.








